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El patrón

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Uno de los muchos posters promocionales

 Jeffrey Jacob Abrams, más conocido como J.J.Abrams. Un neoyorkino que con 43 años y sus gafas rectangulares de pasta negra no para de sorprenderme. Primero fue Lost, serie de náufragos perdidos en una isla del Pacífico que ostenta el record de tener el capítulo piloto más caro  de la historia de la cadena ABC  (14 millones de dólares), y que sin duda será recordada como una de las series fantásticas/sci-fi más exitosas de todos los tiempos.

Después, esta vez en la gran pantalla y con una campaña promocional sin precedentes, vino Cloverfield, que nos dejaría a todos aturdidos y mareados después de una hora y venticinco minutos de huida horrorizada, cámara en mano y uno de los monstruos gigantes mas terroríficos que la ciudad de la gran manzana jamas haya conocido.
Y ahora, de nuevo para televisión y junto a sus colaboradores habituales Alex Kurtzman y Roberto Orci viene Fringe, que traducido al español viene a decir algo como: “ciencia extrema”.

 Tuve la “suerte” de comenzar a verla cuando casi acababa la primera temporada con lo que la cantidad de capítulos “en reserva” era considerable. Una opción altamente recomendable pues los capítulos,  incluso teniendo un alto grado de independencia- cada capítulo es interesante en si mismo sin necesidad de haber visto el resto – siguen una línea argumental que se extiende durante todos los episodios y posiblemente durante todas las temporadas.

La serie gira entorno a una agente especial del FBI, Olivia Dunham, interpretada magistralmente por Anna Torv. Una australiana de orígenes estonios tan atractiva como desconocida que es recrutada por el agente Lance Reddick  – Phillip Broyles -  jefe del departamento de Homeland Security para investigar los casos “realmente irresolubles”.

 

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El trío protagonista

 Para esto, le permiten contratar a una pareja de colaboradores “civiles” un tanto peculiar que conforman, junto a Torv, el elenco protagonista:  Peter Bishop, interpretado por Joshua Jakson – sí, Pacey Witter el feo/simpático de los dos protagonistas másculinos de Dawson Creek – un carácter inteligente y misterioso con un pasado muy oscuro que es recrutado como tutor legal de su padre. Y Walter Bishop, un científico que ha pasado los últimos 20 años de su vida en un psiquiátrico después de trabajar durante años para programas secretos del gobierno relacionados con la  ”ciencia extrema” .  Sus amplios conocimientos científicos, pese a sus métodos que suelen ser “ligeramente alternativos”, serán fundamentales para resolver uno tras otros los misteriosos que se presentan cada capítulo.

Abrams ha dado con la fórmula perfecta, resultado quizá de mezclar sobre el papel ingredientes de de tres de las series más existosas de las últimas décadas: X-Files, CSI y ER.

Y la fórmula funciona.

Por lo menos así lo ha hecho durante los 20 capítulos de la primera temporada, durante la cual se han ido conociendo más y más detalles del misterio argumental reincidente: la sucesión de casos y eventos áltamente misterioros que rozan la mezcla de lo fantástico y paranormal: “El Patrón”.

Hay personas claves que parecen saber más sobre “El Patrón” de lo que parece. Personajes que, definitivamente, ocultan algo. Y eso hace que el espectador permanezca con una intriga constante hasta el final/intermedio:

El agente Reddick, jefe de Durham, parece facilitarle la información con cuenta gotas. Sabe mucho, pero por alguna oscura razón, no se lo quiere decir “todo”

Peter, que definitivamente oculta un secreto muy importante que posiblemente él ni sepa pero sí su padre.

Nina Sharp, la directora ejecutiva de Massive Dinamics, una empresa que parece implicada de una forma u otra en todos los “fenómenos”, y cuyo dueño y fundador es William Bell – ojo al cast, no digo nada-  fue casualmente el socio científico investigador de Walter Bell en su laboratorio de Harvard hace 20 años.

 

Walter Bishop haciendo de las suyas

Walter Bishop haciendo de las suyas en el laboratorio

Y finalmente Walter Bishop que, definitivamente, sabe muchisimo más pero debido a la fuerte medicación de los años en el psiquiátrico parece haberlo olvidado todo. Y sólo parece ir recordando muy poco a poco a lo largo del transcurso de la historia. Walter es la guinda de la serie, sin duda. Por sus comentarios fuera de tono, su vanalicación constante de procedimientos médicos poco habituales – lease trepanaciones cerebrales o disecciónes de organos en pacientes vivos- y sus problemas pasados y presentes con todo tipo de estupefacientes y drogas psicoactivas.

La serie del momento. Sin duda.

Sobre naves e infiernos

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En un intento de acercarme al cine serio, al cine independiente, de autor, de bajo presupuesto. Ese cine evangelizado por tantos amigos culturetas impertinentes – como yo les llamo. Cine que te “hace pensar”, dicen.  ”Cine alternativo”, etc, etc.  Me armé ayer de valor y alquilé la última cinta de Marc Garo – un francés que, por otra parte, ni me sonaba; pero que había dirigido por lo menos dos películas que sí que revoloteaban por mi subconsciente.

Resulta que había planeado una tranquila velada de ciencia ficción, pan de Campania y jugo de Pemberton. Empezó bien: el Pan y el Jugo ingestos resultaron tan fabulosos como siempre. La cinta de Garo, por otra parte, me hizo bajar de mi nube de ensoñación europea y poner los pies en tierra firme y real: triste bazofia bomitiva.

Sí. Ya sé. Si hubiera querido ver “buen ” cine  europeo no tenía que haber elegido la ciencia ficción como género. Aunque yo añado: Si no sabes hacer cine de ciencia ficción, no lo hagas, ¡leches! Y no intentes darle un toque pseudo-filosófico-cultureta. Si solo tienes 8 millones de euros. No te vayas al espacio, señor Garo. No te las des de Ridley Scott. No hagas nada, de hecho. Coge los ocho millones y vete en yate a jugartelos en los casinos de St. Tropez.

La película no me dijo absolutamente nada. No la entendí, de hecho. No me identifiqué con ningún personaje. No concibí ningún protagonista. Ningún bueno. Ningún malo. Ninguna misión ni meta. Ni siquiera premisas pertinentes.

El final. Cuatro minutos con un bucle repetitivo de imagenes que – como bien dijo mi aburrido co-espectador – bien podría servir de protector de pantalla. ¿El mesías? ¿El infierno? Un final muy parecido, por cierto, al de aquel otro bodrio de Danny Boyle.

Yo no hacía más que esperar, incoscientemente, la llegada de la teniente Reiply, minigun en mano, a poner un poco de orden en mi desconcierto cinematográfico. Pero ese momento no llegó y sí  lo hizo una sensación de lapsus temporal.

Dos horas en mi existencia tiradas por el retrete